Thursday, June 23, 2011

La paz está en cada paso

This article was originally published in La Revista de Viaje de El Nuevo Día on Sunday, June 19, 2011.  With apologies to the anglophones, here is the article, en español, including all images in color and a Bitacurry first: video!  (Shot and edited by Bebitacurry, of course!)
It is a story about our visit to the Tu Hien Pagoda in Hue, Vietnam.  A bit off the tourist trail, we wanted to visit because it is where the Great Vietnamese Zen Master Thich Nhat Hahn began his training as a monk in the 1940s.  Since his time in Tu Hien, this "gentle monk from VietNam" has become a world-leading peace activist and best-selling author.  His books are simple, yet profound, and with every word fill you with hope, joy and happiness.  They have had a profound impact on my outlook, because of this I felt I had to retrace his steps.  Steps of peace.  
Thanks you all for your support and to El Nuevo Día, in particular Norma Borges, for making our stories heard.  Gracias! 

"Because you are alive, everything is possible." - Thich Nhat Hahn 

La paz está en cada paso

A las orillas del río Song Huong, en la región central de Viet Nam, hay una gran ciudad que la fortuna y la guerra han dejado en el pasado.  Fue la sede de los Emperadores Nguyen antes de la llegada de colonialismo francés a mediados del siglo XIX.  Se mantuvo siendo capital del país hasta el 1945, cuando los comunistas del norte movieron el centro de poder a Ha Noi.  Su glorioso pasado se mantiene presente en todas las maravillas arquitectónicas y monumentos históricos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el 1993. 
Situada 540 kilómetros al sur de Ha Noi, Hué forma parte de la principal ruta turística de Viet Nam, la cual se puede recorrer en autobús o en el Tren de la Reunificación que corre desde Ha Noi hasta Ciudad Ho Chi Minh (Saigón).  Tras varios días de frío en la moderna capital, salimos en la noche en un autobús camino a Hué.  La próxima mañana llegamos listos para visitar los palacios, La Ciudad Prohibida, el Citadel y las pagodas, pero esa no era la razón principal de nuestra visita. 

Thich Nhat Hahn es un gran maestro vietnamita del budismo Zen.  A principio de la década de los sesenta fundó una organización en el sur de Viet Nam para ayudar en la reconstrucción de viviendas, establecimiento de escuelas y centros médicos para los afectados por los conflictos bélicos en su país.  Pocos años después viajó a los Estados Unidos para exhortarle al gobierno estadounidense que retirara las tropas de su país y pusiera fin al infierno que vivía su gente y los soldados involucrados.  Su esfuerzo y dedicación por la búsqueda de una solución pacífica fueron notados por el Dr. Martin Luther King, Jr. quien nomino a este “tierno monje de Viet Nam” al Premio Nobel de la Paz en 1967.  Al intentar regresar a su país natal en 1973, el gobierno comunista prohibió su entrada y desde entonces vive exiliado en el sur de Francia.  Al día de hoy, continúa dedicando su vida a los movimientos por la paz y promoviendo la resolución de conflictos por vías pacíficas.

En búsqueda de este legado de paz vinimos aquí.  Fue precisamente en las afueras de Hué, en la Pagoda Tu Hieu, donde un joven Nhat Hahn fue ordenado como monje.  Veníamos tras sus pasos.  Veníamos a “sentir la paz”. 




La mañana comienza en una pequeña boulangerie.  Después de un café de prensa y un par de croissant, caminamos hasta la esquina para alquilar un par de bicicletas.  El precio es razonable (20,000 dong = $1 por bicicleta), pero el desgaste es evidente, como al bolsillo conviene nos llevamos dos vestigios oxidados.
El tráfico y el gentío van disminuyendo mientras nos alejamos del centro.  La mañana todavía está fresca.  En las afueras de la ciudad nos reciben miradas sonrientes y gritos de bienvenida que nos acompañan por un recorrido entre pequeñas pagodas y monumentos a héroes caídos. 
Al pasar frente a una diminuta pagoda notamos que en la acera contraria hay un mar de varitas de incienso iluminadas por el sol; un marco esperando ser capturado.  Aprovechamos la oportunidad para comprar un puñado de incienso y llevarlo como ofrenda al templo, como se acostumbra hacer en estas tierras.  Llenos de fragancia, continuamos nuestra búsqueda.




El fresco se disipa dándole paso a una cálida tarde con un sol resplandeciente.  Al llegar a la carretera del templo consultamos nuestro mapa y notamos que estamos un poco más al sur de lo esperado.  Para la alegría del niño en mi interior, una larga cuesta se interpone entre nosotros y la pagoda.  ¡¡¡Wiiiiii!!!  A la derecha vemos la entrada de un templo.  No podemos descifrar las letras de su rótulo, pero asumimos que éste es nuestro destino.  Nos dirigimos en esa dirección y poco después nos damos cuenta que nos hemos equivocado.  Giramos nuestras bestias enmohecidas para regresar a la carretera principal.  Empujo los pedales y me responden con un poco de resistencia.  De inmediato escucho un estruendo, ¡PRA!  Los pedales no ceden.  Asumo que la cadena se salió de su vía pero cuando me viro veo pedazos de metal tirados en el suelo.   El piñón trasero se había hecho trizas.  De momento la furia se apodera de mi mente, pero recuerdo las enseñanzas del maestro que hoy inspira nuestra aventura: respiro profundo y permito que se manifieste la paz de mi interior.
Arrastro el averiado aparato hasta la vía principal y para nuestra fortuna hay un mecánico al cruzar la calle.  Nos comunicamos por señas, me dice que la reparación me va a costar dos veces y media lo que me costo el alquiler.  Le digo que meta mano porque no me queda otra.  Lo barato sale caro.  Con una sonrisa en su rostro envejecido, el mecánico cambia el engranaje con mucha eficiencia.  Pocos minutos más tarde me devuelve mi buque y me apunta en la dirección que debo continuar.  Nos despedimos con repetidos çam ón (¡gracias!).

Un estrecho camino de barro anaranjado a través de árboles secos nos dirige hasta la imponente entrada la Pagoda Tu Hieu.  Un liviano sentido de tranquilidad nos arropa.  Charcas con flores de loto, tortugas soleándose en sus orillas, el cantar de pájaros y el sonido de monos haciendo travesuras entre las hojas.  Una loma se levanta tras la charca y en el tope se ven monjes y turistas caminando frente a la pagoda. 




Absorbiendo los alrededores nos acercamos a la cima.  Al llegar, se palpa un sentido de anticipación.  En pocos minutos se llevará a cabo una ceremonia cantada que a diario se hace en la mañana y en la tarde.  En lo que esperamos su comienzo, damos una vuelta por los alrededores y visitamos la pequeña biblioteca llena de los libros del gran maestro.  Conversamos con algunos de los monjes y visitantes y hacemos nuestras ofrendas. 




Las campanas son invitadas a sonar para marcar el comienzo.  Un grupo de monjes envueltos en diferentes tonos de amarillo, anaranjado y gris se posan de rodilla frente a una estatua dorada de Buda.  Cánticos hipnotizantes, el latir de tambores, el olor del incienso, sentir que se detienen las manecillas del tiempo.  Los monjes se ponen de pie y forman una fila.  Comienzan a circunvalar el altar a favor de las manecillas del reloj mientras continúan invocando dulces melodías.  Los minutos pasan. 










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La ceremonia culmina, marcando el final del día para los estudiantes y aprendices del monasterio.  Todos salen, llenos de alegría a disfrutar lo que les queda de sol.  Los mayores se reúnen a jugar fútbol mientras los más chicos los observan o se entretienen en otras cosas, como posar para fotos.  Luego de un rato de risas comenzamos nuestra retirada.




Al comenzar el descenso comienzo a visualizar a un joven Thich Nhat Hahn dejando la impresión de sus sandalias en este mismo barro sin imaginarse que algún día sus pasos marcarían la vida de tantos alrededor del planeta.  Pienso en el presente, como nos hace falta miles más como él.  Antes de cruzar el umbral y regresar a esa realidad me viro para atrapar el ultimo suspiro de tranquilidad.  Una mirada se cruza con la mía y me devuelve una sonrisa llena de esperanza.  Quizás él sea el próximo Thich Nhat Hahn.    






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